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Sonrisas chapinas

Ojeo el último bestseller que ha llegado a la biblioteca del instituto, y no lo niego: se me pone la piel de gallina cuando veo las fotos, cuando leo las opiniones de los lectores, cuando repaso por encima las vicisitudes de Jaume Sanllorente, un joven periodista catalán que se imbrincó en el proyecto de salvar un orfanato en Bombay.

Y no puedo evitar pensar: “qué listo!” Cuanta gente hay que da su vida a algun proyecto? Sin embargo, no mucha, pero la mayoría quedan en el anonimato y no salen a la luz. Es más, no hace falta irse al otro lado del mundo para ayudar a la humanidad. Pero Sanllorente tiene la ventaja de ser periodista, dominar la palabra y tener los recursos para estremecer al lector.

Salvando las distancias, la historia me recuerda a la de Harold Waxenecker. Tuve la oportunidad de conocerle en Guatemala, y su historia es igual de estremecedora. Pero él la cuenta con calma, con ironía, con una sonrisa en la boca, y no tiene previsto escribir ningun libro, por lo menos sobre él.

Haroldo (su nuevo nombre desde hace 13 años) era un joven austríaco que se enroló, allá por 1995, en una brigada de apoyo a las guerrillas guatemaltecas. Después de 6 meses, sus compañeros europeos regresaron al Viejo Contintente, pero él permaneció con la guerrilla. Un año después se firmaron los acuerdos de paz y la guerrilla se desmovilizó. Lejos de decepcionarse, de tirar la toalla, Haroldo comprendió que quedaba mucho trabajo por hacer.

Doce años después de su llegada a Guatemala, Haroldo sigue al pie del cañón. Promoviendo redes de economía solidaria, dando clases en las escuelas populares de las comunidades de exguerrilleros y gestionando, desde hace un año -cuando le visitamos acababa de arrancar el proyecto- una editorial para los proyectos comunitarios.

Más de dos metros de rebeldía y sensibilidad, imposibles de olvidar.

La derrota del feminismo en la sociedad de control

Me fascina la capacidad que tiene el sistema en el que vivimos de apropiarse todo cuanto se revela en su contra. Hace más de treinta años, un montón de mujeres (y hombres, cada vez más) se rasgan las vestiduras en favor de la igualdad, de la no discriminación por causa de género. Hace tiempo que se descubrió ya que la mujer no era un objeto o una mascota. Las mujeres se levantaron para reivindicar sus derechos (ni más ni menos que los hombres), por liberarse a si mismas de las ataduras del patriarcado.

Eso implicó, en su momento, cosas que hoy nos parecen de cajón como poder llevar pantalones, cortarnos el pelo o tener derecho a voto. También implicó una liberación de las conductas afectivas: ¡podernos besar en la calle!¡No quiero ser virgen hasta el matrimonio! Que gran victoria, eh?

El destape desató a las mujeres del patriarcado pero las ató a un nuevo amo: el mercado de la estética. Treinta años de lucha para que la mitad (o más) de las chicas se sientan identificadas con esto:

Reggaeton

La triste realidad dice que hemos dejado la época en que las mujeres se sentían esclavizadas por sus maridos, por sus padres y por la sociedad en general, en que no podían hacer nada y eran tratadas como un objeto (doméstico y sexual) para llegar a un punto en que las mujeres se sienten orgullosas de ser un objeto sexual, y compiten por ver quien lo es mas.

Un tremendisimo ejemplo de como las sociedades disciplinarias, en que nos obligaban a ser de una forma, se han transformado en la sociedad de control que nos invita, sutilmente, a seguir las mismas reglas con distinto disfraz. Pero que te discrimina también, aunque de otras formas, si no sigues sus reglas invisibles.